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"Vida callejera y pulsión de muerte"*
El abordaje de niños en situación de calle.
Hace 10 años abría sus puertas el CAINA (Centro de Atención Integral a la Niñez y a la Adolescencia, dependiente de la Secretaría de Desarrollo Social del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires), centro de día para chicos y chicas que trabajan, viven o deambulan en la calle. Un programa novedoso y alternativo que fue creciendo paso a paso, tanto en propuestas como en acciones concretas. Asimismo se incrementó la demanda concurriendo en la actualidad entre 40 y 50 chicos y chicas distintos de entre 8 y 18 años, por día.
En el período de diez años la modalidad de abordaje fue variando acorde a la cantidad de chicos y chicas que concurría, el aprendizaje / experiencia y los recursos humanos y materiales del momento.
Estos niños, niñas y adolescentes que acuden a la institución, lo hacen en forma voluntaria, siendo los que ya conocen el Centro de Día quienes acercan a los otros chicos, generándose una modalidad de difusión "boca a boca".
Los mismos reciben en el CAINA, desayuno, almuerzo y merienda, un baño caliente y ropa limpia. Encuentran además un espacio lúdico y de contención afectiva, donde se realizan diariamente talleres de arte, periodismo y recreación.
En nuestra práctica cotidiana encontramos efectos de los acontecimientos económicos y sociales que desde la realidad amenazan los derechos de estos niñas y niños y comprometen seriamente el desarrollo de su psiquismo. Nos preguntamos entonces: ¿Cómo puede organizarse la subjetividad en condiciones de carencia nutricional, deprivación simbólica y afectiva?.
Cuando hay necesidades básicas insatisfechas y ausencia de justicia, un niño corre serios riesgos. La sociedad debería protegerlo, protegiendo a los adultos que se hacen cargo de él.
Ante la ausencia de redes sociales que contengan, los niños quedan expuestos a una forzada marginalidad y a una repetición permanente sin la posibilidad de construir una historia y de crear algo nuevo.
Escuchar cómo los niños y jóvenes que concurren al CAINA "deciden su destino", nos enfrenta a la ilusión de una aparente "libertad" que en realidad encubre un profundo desamparo que se nutre de actos en lo real: comportamientos riesgosos, consumo de drogas, actos delictivos, etc. En ese lugar -se suponía- debía instalarse un espacio para el juego y la fantasía.
Estas niñas y niños sufren la pérdida de sus lazos sociales. Esto hace que busquen nuevos modos de reintroducirse en el escenario que los expulsó, nuevas ligaduras que frecuentemente se hallan del lado de la pulsión de muerte. Estas nuevas ligaduras pueden ser la transgresión, la violencia, donde el yo sólo se afirma en la destrucción del otro, el consumo de drogas con la consecuente ganancia de placer autoerótico o el accidentarse o autolesionarse, las cuales constituyen una forma de convocar a otro que pueda detener la vorágine pulsional.
Estos chicos que parecen buscar el peligro, que se golpean contra el mundo, pierden, en cierta medida, la capacidad de diferenciar sensaciones, esperando que la vitalidad que no pueden sostener desde el interior sea sostenida desde las sensaciones "fuertes" del afuera.
Los niños y adolescentes en situación de calle aprenden a vivir en un medio sin la protección del adulto, organizándose en "ranchadas", grupos de pares que cumplen una función autoprotectiva, de pertenencia y otorgan un cierto reconocimiento: "ser de Lavalle", "ranchar en Retiro".
La ranchada redobla la estructura familiar (se denominan frecuentemente "hermanos de calle") y al igual que la estructura familiar originaria, la réplica también se presenta inestable, sus vínculos son débiles, no existiendo en el grupo fuertes lazos solidarios. El grupo actúa en bloque cuando alguno de sus miembros es atacado desde el exterior (por otra ranchada o la policía por ejemplo). Sus integrantes, identificándose con el agredido defienden la integridad del grupo frente a la amenaza externa de disolución.
Sabemos que para la constitución del aparato psíquico es necesaria la relación con otros. El niño requiere de la presencia de otro que lo reciba, lo libidinice y le devuelva una imagen de sí.
Cuando no hay un otro primordial a quien acudir o cuando el funcionamiento familiar no permite una adecuada narcisización observamos conductas masoquistas primarias, que constituyen estrategias primitivas de elaboración de la deprivación simbólica, que terminan siendo destructivas para el sujeto y alteran las funciones del yo.
Cuando hay una mayor organización psíquica existe la capacidad de demora. Esta posibilidad está seriamente perturbada en los jóvenes que atendemos. Aparece al contrario, una imperiosa necesidad de satisfacción inmediata: "quiero entrar", "dame el desayuno", "quiero ese pantalón". Inmediatez entre la necesidad y un objeto que la satisfaga. Esta satisfacción está ligada al narcisismo tanático, es decir a la pulsión de muerte que aplasta la posibilidad del surgimiento del deseo. Si bien consideramos que la satisfacción de las necesidades básicas (alimento, salud, vivienda) constituyen derechos del niño/a, nos equivocamos al pensar que sólo ofreciendo lo que les falta, vamos a sacar a un chico del ámbito callejero. Nuestra apuesta es a que sea un sujeto de derechos y que pueda ejercerlos efectivamente. Para ello apostamos a que surja una demanda, un deseo.
Contamos con un dispositivo multidisciplinario donde se trabaja con el sujeto y los vínculos en construcción en un quehacer cotidiano que da cabida a la singularidad del chico, oponiéndose al anonimato de las instituciones cerradas y del propio ámbito callejero.
El CAINA recorta un espacio y un tiempo para ser escuchados, donde el niño, niña o adolescente puede ser alojado, ubicado en un lugar de existencia y reconocimiento que le permitan un anclaje subjetivo, en oposición a la repetición y lo errático del circuito en la calle.
Se proponen actividades socializantes sostenidas por adultos como los espacios de juegos coordinados por el equipo de recreación y los diferentes talleres donde algo de lo creativo y de la subjetividad se plasman en una producción que puede ponerse a circular en lo social, es decir fuera de la institución (revista "Chicos de la calle en Buenos Aires", Exposición anual en el Centro Cultural Recoleta, espectáculos de teatro, Feria del Libro).
El apoyo escolar brindado por "Puentes Escolares" (dependiente de la Secretaría de Educación del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires), constituye también una apuesta donde es necesaria la presencia de un deseo y de una investidura particular junto con la disponibilidad a equivocarse en el proceso de aprendizaje.
Esta disponibilidad resulta a veces muy costosa cuando el niño/a se mantiene en una posición de goce evitando la castración y utilizando la disociación y la desmentida como mecanismos de defensa. Aparece entonces la incapacidad de reflexión y la negación de la falta: "Yo sé todo", "está todo piola", "yo manejo la droga", que obtura la posibilidad de abrir una pregunta acerca de lo que les pasa.
También se les brinda desde la institución, el cuidado de la salud, primeros auxilios, atención integral y talleres sobre procreación responsable, odontología, VIH-SIDA, en coordinación con el hospital Argerich y el CESAC Nº 15 y en lo referido a adicciones contamos con el apoyo del CENARESO. Es en esta área donde se observa la fragilidad de la construcción narcisista: el cuerpo es llevado al extremo por el uso de sustancias tóxicas, expuesto a cortes y marcas que nos muestran que el significante aún no ha terminado de dejar las suyas.
Este abanico de ofertas no se agotan en sí mismas, sino que son algunos de los posibles caminos que puede transitar un niño/a que sobrevive como puede en la calle y concurre cotidiana o esporádicamente al CAINA.
El proceso puede incluir su regreso a casa, reincorporarse a la escuela, volver a su provincia de origen, ingresar a un hogar convivencial o continuar su situación de calle a la espera de que pueda surgir algo para el sujeto, que haga corte al recorrido repetitivo y de exclusión a que lo lleva inevitablemente la vida callejera y en el mejor de los casos que pueda plantearse algún anhelo que funcione como velo a las formas descarnadas del goce.
Nuestras intervenciones intentan -en síntesis- propiciar la posibilidad de articular el sufrimiento a la singularidad con la finalidad de recuperar su historia y su dignidad.
Para que un niño/a pueda proyectarse en un futuro, tiene que poder construir una historia en la que pueda recuperar su experiencia para no forzar la repetición de las próximas generaciones.
*Licenciados: Carlos Danielli, Claudio Di Paola, Denise Laborde, Emilio Zadcovich. Equipo de Psicólogos del C.A.I.N.A.
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