Página 12, Buenos Aires, 26/12/05
Terror subterráneo
Alberto tiene 15 años. Viajaba en subte y lo agarraron dos hombres, lo
obligaron a bajar y lo llevaron al Instituto para Menores San Martín. Fue
golpeado y encerrado. Luego le dijeron que había sido un error y lo dejaron ir.
El fiscal ya allanó el instituto.
Por Andrea Ferrari
La pesadilla de Alberto empezó en un subte. Venía de visitar a su
hermano cuando dos hombres entraron al vagón, lo agarraron de los brazos y le
dijeron “vos sos el guacho”. Aunque intentó resistirse, Alberto no pudo hacer
nada contra esos hombres que lo obligaron a bajar y lo condujeron hasta el
Instituto para Menores San Martín. Ahí fue golpeado, arrastrado por el piso y
encerrado en una celda durante algunas horas. Después, una mujer que se presentó
como asistente social le dijo que habían cometido un error y lo dejaron ir.
Alberto tiene 15 años y aún hoy no logra entender qué fue lo que pasó ese día.
El fiscal Mariano Solessio, que investiga el caso y ya hizo allanar el
instituto, considera que se trata de un “hecho grave”, aunque aún no arriesga
ninguna hipótesis. Representantes del hogar donde vive Alberto, en cambio,
sugieren una: que los guardias enviaban a los menores a la calle a robar y que
confundieron al chico con alguno que no había regresado. Alberto no es su
nombre real: ha sido cambiado para proteger su identidad. Vive en el hogar
Sagrada Familia, que pertenece a la Asociación Civil Ave María. “Viene de una
casa con problemas, una familia disfuncional, en la que tres de los hijos están
institucionalizados –explica Gabriel Lolato, titular de esa asociación y del
hogar–. El ha tenido problemas de conducta en la escuela, pero no tiene causas
delictivas ni ingreso a institutos.” El 29 de octubre, día en que fue
secuestrado, Alberto acababa de salir de otro hogar, donde se aloja uno de sus
hermanos. Tomó el subte en la estación Emilio Mitre sin sospechar nada extraño.
Pero momentos después dos hombres se le sentaron a ambos lados, lo agarraron, lo
obligaron a bajar por la fuerza y lo hicieron subir otra vez en dirección
contraria, de regreso a la misma estación. Desde allí lo trasladaron hasta el
instituto. Cuenta Alberto que estaba aterrorizado (ver entrevista aparte), que
forcejeó pero esos hombres que le decían “guacho” tenían más fuerza que
él. Lo peor, sin embargo, sucedió una vez adentro. Un hombre al que describe
como “un celador”, que llevaba un gran llavero y un “garrote como de policía” lo
condujo a un pabellón donde había otros chicos, que empezaron a provocarlo y
terminaron sacándole a los golpes sus pertenencias: la campera, el reloj, algún
dinero. Con los gritos volvió el celador, que le pegó dos palazos en la espalda
y luego lo arrastró por el piso. Finalmente Alberto fue encerrado en una celda
durante un tiempo que no pudo precisar. Cuando la puerta volvió a abrirse, el
celador le dijo que una persona lo quería ver. Fue conducido a una sala donde
una mujer que se presentó como asistente social lo interrogó: quiso saber su
nombre, el hogar donde vivía, el de sus padres. Después le dijo que lo iban a
liberar. Entonces él pidió hacer un llamado telefónico, pero le respondió que
no, “porque nos equivocamos de persona”. “Su relato es muy preciso y
coherente –explica Lolato–. Nosotros decidimos hacer la denuncia y en cada
oportunidad él volvió a contarlo todo con mucho detalle. Describió correctamente
el Instituto San Martín, en el que nunca antes había estado, e incluso hizo un
croquis del lugar.” Los delitos denunciados son privación ilegítima de la
libertad, apremios ilegales y robo, ya que a Alberto no le devolvieron varias de
sus pertenencias. Los golpes y lesiones fueron constatados por un médico y
peritos forenses. Días atrás se realizó el allanamiento del instituto, por
pedido del fiscal Mariano Solessio, y se secuestraron los libros de entradas y
salidas, pero allí no aparece su nombre. “La causa está en plena etapa
investigativa –le dijo el fiscal a este diario–. Lo tomamos como un hecho grave,
dada la modalidad utilizada: cómo lo interceptaron dentro del subterráneo y lo
trasladaron allí. La idea del allanamiento fue tratar de constatar qué personas
trabajaron ahí ese día y conseguir las copias de los libros de entradas y
salidas.” El paso siguiente sería intentar los reconocimientos: si bien
Alberto ya habría señalado en una foto a uno de los posibles involucrados, aún
no se realizó la rueda de personas que permitiría confirmarlo. “A esta altura no
puedo saber si es un hecho aislado o no –aclara Solessio–. La experiencia indica
que cuando se denuncian apremios en institutos de menores o penitenciarios,
muchas veces las personas no están en condiciones de hacer reconocimientos
porque no pueden o porque tienen miedo. En este caso, por fechas y horarios
podemos establecer nombres y apellidos del personal, pero luego el
reconocimiento es clave.” Lo preocupante, dice el fiscal, es el andamiaje del
caso: “Para sacarle un reloj, una campera y otros efectos personales no lo
llevarían al instituto. El tema entonces es el porqué de esto: qué pasa en ese
instituto”. –¿Qué piensa de la hipótesis de que estuvieran dejando salir a
los chicos a cometer algún delito y en este caso hayan confundido con alguno que
no regresó? –Yo no lo descarto, pero tampoco puedo confirmarlo porque sólo
tengo este expediente: no tengo otros similares. Leandro Halperín,
coordinador del programa Abogados por los pibes y representante legal de Alberto
en la primera etapa de la causa, no quiere en cambio arriesgar hipótesis.
“Podría ser ésa o muchas otras –sostiene–, pero lo importante es que es
gravísimo: significa que hay un grupo paraestatal destinado a levantar chicos en
la calle y sin orden judicial para conducirlos a un instituto. No sabemos si no
hay otros casos iguales: es un procedimiento similar a los usados en la
dictadura militar, pero con chicos en situación de riesgo.” El Consejo
Nacional de Niñez, Adolescencia y Familia (Conaf), del que depende el Instituto
San Martín, aún no ha tomado ninguna medida sobre el caso. “Tomamos conocimiento
del hecho por comentarios y pedimos que nos facilitaran la denuncia para poder
realizar una investigación interna, pero aún no la tenemos –sostiene el director
nacional de Derechos y Programas, Gabriel Lerner–. Mandamos notas a la fiscalía
y al juzgado para ponernos a disposición y ver si nos daban elementos y aún no
han sido respondidas. Queremos participar en la investigación. Hace poco nos
enteramos de que también aparecía involucrada una mujer, pero no tenemos datos
suficientes.” Lolato cuestiona esa posición. “Una vez que allanan el
instituto, el Conaf debería haber intervenido, hacer un sumario administrativo,
separar de sus cargos a los responsables. Creo que tendrían que haber hecho algo
más profundo.” Lo mismo sostiene Halperín: “La Justicia lo tomó en serio.
Sabemos que habitualmente los tiempos judiciales corren por una cuerda y los
políticos por otra. Lo que me sorprende es que en este caso los tiempos
políticos sean más lentos que los judiciales”.
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