Página 12, Buenos Aires, 25/10/05
Trágico final para un caso de violación
Murió baleada la chica que fue abusada por policías en Rosario.
Por Sonia Tessa
El destino trágico de Erica Córdoba comenzó a escribirse el 26 de
julio de 2002, cuando tres policías la violaron en la comisaría 1ª del centro de
Rosario. Desde entonces, intentó suicidarse cuatro veces. Murió ayer a las 11, a
los 18 años, en el Hospital de Emergencias Clemente Alvarez, como consecuencia
del impacto de una bala calibre 22 en su cabeza. “No tenemos ningún elemento
para pensar que fue un homicidio, sabemos que Balística tomó el dermotest cuando
estaba internada, pero aún no tenemos los resultados. No existe ningún elemento
de lucha ni de abuso sexual”, explicó la médica forense Alicia Cadierno, quien
consideró: “Es muy probable que haya sido un suicidio por la trayectoria de la
bala”, que le ingresó por la sien derecha. El balazo no fue en su casa, sino
a pocos metros, en otra de las precarias viviendas de material del barrio donde
vivía su novio, un joven integrante de la banda Los Garompas, con un historial
de delitos y detenciones. Dos de sus hermanos están presos y él tiene en su
haber un homicidio. Incluso, la familia de Erica asegura que había escapado de
una comisaría hacía pocos días, pero la policía no confirmó el dato. El domingo
a la noche, ella fue a la casa del chico, del que estaba separándose. Dicen que
él la llevó en medio de una discusión, no saben si a la fuerza. Alrededor de las
22, los padres del joven avisaron que Erica estaba internada, con una herida de
bala en la cabeza. Desde entonces, desaparecieron de la casa donde viven. En ese
contexto, que se hayan borrado es sólo un dato de supervivencia ante la cercanía
policial. En la tarde de ayer, las palabras se ahogaban en el llanto
desconsolado de la mamá, Mónica, los tres tíos y la hermana menor de Erica.
Mónica fue quien impulsó la denuncia de la violación policial, en septiembre de
2002, cuando Erica se atrevió a contarle lo que había ocurrido en la comisaría
la primera vez que fue sola a bailar al centro. La joven –entonces de 16 años–
fue detenida de manera irregular junto a un amigo, estuvo horas en la comisaría
sin que se registrara su ingreso, y luego fue obligada a ir a una habitación
ubicada en el fondo de la seccional, donde la violaron tres efectivos
policiales. Antes de dejarla ir, la amenazaron de muerte para que no hablara.
Aterrada, la chica guardó silencio durante dos meses, pero no pudo
soportarlo más cuando cruzó a dos de los violadores por la calle, que le
gritaron “fiestera”. Llegó a su casa y le contó lo ocurrido a su mamá. Erica no
quería hacer la denuncia, no quería afrontar además la vergüenza de que se
supiera lo ocurrido. Pero su madre insistió y fueron a la seccional del barrio y
luego a la Comisaría de la Mujer. Comenzaron un largo proceso judicial que
incluyó la denuncia de encubrimiento policial. Recién cuando el caso tomó
estado público, el 26 de septiembre de 2002, la policía, la Justicia y el
Ministerio de Gobierno de la provincia comenzaron a moverse para esclarecerlo.
Durante la instrucción judicial, el grito desgarrador de la joven cuando vio a
los violadores en las ruedas de reconocimiento convenció al juez de la veracidad
de su relato. Aunque no hubiera pruebas de ADN, la coincidencia del relato de la
joven en todos los hechos que podían probarse daba verosimilitud a la denuncia.
En julio pasado, el juez de sentencia Antonio Ramos condenó a 14 años de
prisión al oficial ayudante Juan Manuel Morales y el cabo Ariel Marcelo Canelo,
por extorsión en grado de tentativa, privación ilegítima de la libertad
calificada y abuso sexual doblemente agravado por el número de personas y su
calidad de miembros de las fuerzas policiales en ejercicio de sus funciones. Al
oficial subayudante Fabián Patricio Ibarra lo condenó a doce años de prisión,
porque no participó de la extorsión. La sentencia de Ramos también establecía un
resarcimiento económico de 200.000 pesos para la víctima, que llegará tarde.
Desde que hicieron la denuncia, Erica reprochaba a su madre por hacerle
pasar vergüenza y sufría crisis cíclicas de depresión. La violación le había
causado un estrés postraumático diagnosticado por la psicóloga forense María
Laura Luciani, que la examinó en el marco de la causa. “La víctima presenta
estrés postraumático producido por los sucesos vividos”, dice el informe de la
profesional, consignado en la sentencia. También concluye que Erica necesitaba
un tratamiento psicológico. El desamparo fue la única respuesta del Estado
después de la violencia que sufrió. Aunque ayer a la tarde los organismos de
derechos humanos evaluaban la posible responsabilidad policial en el caso, un
abogado que estuvo cerca del proceso consideró improbable la hipótesis. “La mató
la policía, pero hace tres años, cuando la violaron en la comisaría. Desde
entonces no hubo ningún tratamiento psicológico que pudiera sostenerse. El
entorno de Erica era muy vulnerable”, consideró el profesional que trabajó junto
a Ana Claudia Oberlin y Florencia Barrera, las abogadas que patrocinaron a la
joven. La casa de Erica está dos cuadras por afuera de la avenida que rodea
a la ciudad. La calle más cercana al pasillo de casitas precarias, de blocks de
cemento sin revocar, se llama Previsión y Hogar. La vivienda de la familia
Córdoba (integrada por Mónica y sus dos hijas, Erica y una hermana más pequeña)
está en el confín de Rosario, casi sobre la autopista Rosario-Buenos Aires. En
el barrio Las Flores Sur conviven viviendas precarias de material y ranchos. El
denominador común es la exclusión social, el rebusque del cirujeo, la falta de
trabajo y la gran cantidad de jóvenes que viven de actividades ilegales. Como el
novio de Erica, integrante de la banda Los Garompas que, en rivalidad con Los
Monos, se disputan el manejo del barrio. “Todavía no sabemos nada, es todo
muy reciente. Sólo sabemos que se fue a la casa del novio, creemos que la llevó
a los golpes, y el domingo a la noche nos avisaron que estaba internada”, afirma
una tía de Erica, hermana de la mamá. Aunque Erica había tratado de suicidarse
varias veces después de la triple violación, en el último tiempo la familia la
veía bien. Les cuesta creer que se haya matado, pero también reconocen que nunca
pudo reponerse de lo ocurrido. En la pequeña casa de la joven muerta, la
hermana menor llora a los gritos, sin consuelo. Mónica también llora, pero en
silencio. La acompaña su hermano, con una mano sobre el hombro. Con la otra hace
un elocuente gesto para manifestar que no es prudente ingresar en la casa. Su
hija menor llora a los gritos en la pieza. En la misma habitación donde Erica
calló lo ocurrido durante dos meses, por temor. Donde los últimos tres años
revivió como ramalazos lo ocurrido, sin contar con recursos para superarlo.
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