Clarín, Buenos Aires, 20/12/05


Belleza y drama de la villa, según los chicos de Ciudad Oculta

Se edita un libro de fotos tomadas por jóvenes que crecieron en esos pasillos. Dan una mirada "no turística" del lugar, su gente, sus animales y sus construcciones.

Por Héctor Pavón

Me gusta atrapar imágenes que me tocan el alma", dice Eugenio Alfonso, de 26 años. "Les saco fotos a los pasillos de la villa porque son finitos", se justifica Morena Sosa, de 15. "Me quedo horas con la cámara en la mano esperando que pase algo", explica Juan Alfonso, de 17, serio y comprometido. Son todos fotógrafos, casi artistas, son chicos, son jóvenes de Ciudad Oculta que a través de la fotografía pudieron sacar la cabeza de su encierro y viajar más allá de los muros que le dieron a la Villa 15 de Buenos Aires el calificativo de "oculta".

Todos estos cazadores de realidades surgieron de los talleres ph15 organizados por el fotógrafo Martín Rosenthal: "Logramos sacar a estos chicos de la marginalidad e integrarlos primero con Buenos Aires y después con el mundo", dice. Juntos, atraparon todas esas imágenes que sólo conocen algunos de los 30 mil habitantes de la villa en el libro ph15, fotografías por chicos de Ciudad Oculta. Allí se muestra el trabajo de los adolescentes, de una calidad notable, con un mensaje fuerte y sorprendente. La villa que ellos ven no es la que los ojos turísticos esperan encontrar, son las mismas realidades, pero diferentes los ojos. En esas imágenes se ven individuos, familias, animales, calles, pasillos, casas, inundaciones. Y se ven lindas. Y no es casualidad que casi ninguno de ellos reniegue de vivir en Ciudad Oculta. Puede ser un indicio de resignación, pero las fotos también muestran que puede tratarse de un lugar del que se prefirió no partir.

La historia de los cursos de fotografía en Ciudad Oculta empezó en agosto de 2000. Allí estaba Rosenthal retratando un comedor de la villa y llamando la atención de un grupo de chicos. Ellos, curiosos, no despegaban los ojos de la cámara automática y quedaban obnubilados por el sonido del motor que pasaba la película en cada disparo. Después el camino fue breve y directo, se armaron grupos, se consiguió un lugar, cámaras de fotos de bolsillo viejas y rollos de fotos dieron vida al contexto en el que los chicos empezaron a aprender el arte de la fotografía.

Cada sábado en el Centro de Convivencia para la Familia "Conviven" de Ciudad Oculta Rosenthal y Moira Rubio dirigen los cursos. Se comienza con una cámara de bolsillo y se llega a una profesional y hay quienes experimentan con la fotografía digital. Los directores no sólo montan exposiciones con estas fotos, también llevan a los alumnos a ver otras muestras de fotografía, pintura y paseos por ciudades.

La obra trasciende. Las fotos recorrieron el mundo y fueron apreciadas especialmente en colegios, escuelas de arte y universidades de los Estados Unidos. Ya vinieron cinco profesores extranjeros a dar clases de diferentes técnicas. Estudiantes, docentes y fotógrafos de muchos lugares del mundo quieren contactarse con ellos. La experiencia no es única, ya se ha hecho con jóvenes de otras latitudes, pero los resultados aquí son singulares.

Natalia Godoy, de 19 años —risa espontánea, manos pequeñas—, está orgullosa el día de la presentación del libro. Hay fotos suyas. Una de ellas refiere una calle tan inundada que el agua devuelve como un espejo la geografía de las casas sin revoque de su barrio. Natalia invierte la foto y se ve igual: la imagen es espectacular. Piensa un poco y dice con mirada cómplice: "En las muestras, nos poníamos todos juntos en un rincón y no hablábamos con nadie. Venía gente de clase alta a preguntarnos por nuestro trabajo y nadie abría la boca." Mira a la gente que mira las fotos y termina su relato: "Ahora nos movemos libremente, no tenemos vergüenza, nos relacionamos con cualquiera, nos expresamos. Eso te lo da la fotografía."