Página 12, Buenos Aires, 13/11/05
Los muertos del paco
Cómo aniquila ladroga de los pobres. Romina Albarenga rondaba Constitución, robaba para conseguir la pasta base y murió después de que su cuerpo se desintegrara por la droga. Su caso es revelador sobre el efecto que el paco está haciendo entre los jóvenes pobres. Cómo fue impuesta la droga en las villas. Las otras historias. Los fumaderos.
Por Cristian Alarcón
Desde un colectivo la vio correr entre los autos, por la avenida
Corrientes. Iba con el novio con el que comenzó a fumar. Hacía tiempo que
robaban para consumir. Pensó: recién deben haber asaltado a alguien, qué flaca
que está, tiene los ojos salidos. Se bajó del micro. Alcanzó a golpear el capó
del taxi al que subieron. Romina Albarenga se dio vuelta y la miró: se estaba
riendo. Es una de las últimas imágenes que Roxana guarda de su hermana, Romina,
23 años. Fue meses antes del paro cardiorrespiratorio que sufrió a fines de
junio en el hospital Muñiz por una insuficiencia pulmonar, tras años de consumo
de paco, el desecho de la cocaína que amenaza con diezmar los territorios de la
exclusión. Aquí, una inmersión en los fumaderos de las villas tomadas por el
paco y el relato de los adictos, víctimas de una nueva forma de eliminación, tan
efectiva que genera ganancias hasta su destino final, la muerte. “Hay una
chica que murió”, me dice en un desayuno de pibes de la calle de Constitución
una de las personas que la conoció y pudo ver su caída libre sin lograr
frenarla. Se ha dicho y se ha oído muchas veces que el paco es una droga que
mata. Pero es la historia de Romina Albarenga la primera en ser reconstruida, en
ser rastreada entre los jóvenes que durante los últimos cinco años quedaron muy
lejos de la políticas públicas. Lo cierto es que Romina Albarenga, a lo largo de
un mes de búsqueda, pasó de ser un dato, una muestra del horror, a dar pistas
ciertas sobre el nivel del drama social, sobre la compleja estructura de las
ilegalidades. Romina, de pronto, era una mujer con sentido del humor, con cinco
hermanos y cuatro hijos que quedaron huérfanos el 27 de junio pasado por la
mañana.
El ansia argentina
Romina era la chica
que solían ver los vecinos de Constitución y San Telmo merodear los coches a los
que su novio les robaba el estéreo. Los revendían en un negocio de la calle
Libertad y cada día, durante los últimos ocho meses, se encerraban en una
casilla hecha de telas y cartones bajo “el puente de Canal 13”, como le dicen en
la calle a ese tramo de la autopista que se ve tras los conductores del
noticiero de TV. Se encerraban a fumar. Es en la misma zona en la que su hermano
Tito, de 24, la recuerda libre, fuerte, líder, golpeándolo cuando él se
internaba junto a su primo, el Colo, en los fumaderos que inauguraron, hace unos
siete años, el consumo frenético de la droga, en las villas del sur de la
Capital: la 21 y la Zabaleta. Allí, en los límites pobres del distrito menos
pobre del país, fue donde el paco logró lo que los expertos llaman
“territorialidad”. Los dealers pioneros –La Sofía, El Leo, La Ramona, El Pato
Marrueco– protagonizaron, con el fin del uno a uno, “la inyección de la paste
base”, tal como se bautizó la operación por la cual durante una temporada los
pibes de la zona fueron privados de marihuana y cocaína para cebarlos con la
droga que en Colombia se conoce como “basuco” o como “el ansia”. Así el mercado
se adaptó al caro precio de la cocaína y le dio cauce a una droga con todas las
condiciones para triunfar. A tal punto que cuando se le pregunta a Tito cuántos
están vinculadas con el paco, dice: “Es como decir cuánta gente hay en este
barrio. Todos fuman, muchos venden”.
La
mercancía perfecta
En las oficinas de los juzgados de menores
de Quilmes puede verse en el pasillo. Es raro: las imágenes de la extrema
pobreza estaba reservadas a las del horror de la desnutrición. Aún no hay una
estampa de estos cuerpos que van más allá: avanzan en su deterioro hasta la
desintegración y resulta angustioso describirlo. El daño cerebral y físico que
produce va hacia lo que la socióloga Alcira Daroqui define como “el camino hacia
el no sujeto”. Daroqui, experta en cómo se producen eliminaciones entre los
jóvenes más pobres, está harta de verlo en el juzgado en el que trabaja. “En
ellos y ellas hay una pérdida de conciencia del cuerpo. Las dos chicas que
internamos hace poco tenían sífilis y pérdida de pelo, se les cae y se les
forman chancros. Una de ellas me dijo: ‘Yo agradecí haberle dejado mi piba a mi
papá aunque él era violento, porque si no, yo era capaz de haberla
vendido’.” ¿Pero el paco mata? El paco, en sí mismo, no produce una
sobredosis. Destruye de a poco. El adicto terminal muere por el deterioro o por
el descuido. Pablo Maldonado, preso por robar para consumir, se quemó junto a
los demás detenidos en la comisaría 4ª de Quilmes. Era su primera detención.
Alcira Daroqui no puede olvidar al pibe que, intoxicado de paco, literalmente se
ahogó en un charco. La lectura de Daroqui coincide con la hipótesis de esta
crónica: en el paco el proceso de eliminación progresa, avanza, llega a su punto
final mientras de manera permanente genera rentabilidad en el sistema. Algo
parecido ocurre en la trata de blancas con las mujeres secuestradas: mientras
son inyectadas con cocaína y obligadas a atender clientes sus cuerpos van hacia
la deformidad, ellas hacia la locura. Desaparecen, se vuelven desechables, pero
hasta el fin generan ganancia. Daroqui sostiene que el paco además tiene la
condición sine qua non de la mercancía capitalista: masividad. Su precio, un
peso la dosis, la vuelve supuestamente accesible para los que casi nada tienen.
El efecto es instantáneo. Se consume rápidamente: dos aspiradas, dos soplidos
para adentro, y el polvo pasa por la ceniza o la virulana con la que la mezclan
en una pequeña pipa de metal para llegar al cerebro. Deja en los pulmones el
rastro de un ácido: los consume y provoca un enfisema.
La
Piojera
Marcos se encoge sobre sí mismo sentado en uno de los
fumaderos que funcionan como living en el medio de la villa Los Eucaliptos, en
Bernal Oeste, partido de Quilmes. Entrar es posible si se va con un conocido,
con alguien que cotidianamente entra por ese pasillo con el ansia de fumar.
Pablo es uno de ellos. Pablo está en la frontera entre los que han perdido todo
–familia, trabajo, posesiones, salud– y los que comienzan a perderlo. Tiene una
novia que está embarazada. Trabaja como soldador, no gana tan mal, pero trabaja
doce horas de lunes a sábado. Comenzó hace tres años. Vio cómo sus amigos, medio
barrio, adelgazaron, “se enmagrecieron”, como dicen los médicos. Cómo llegaron a
robarle a la madre. Tiene miedo por él mismo. –¿Qué placer da fumar paco?
–pregunto. Pablo no sabe. Compra en la villa Los Eucaliptos –una villa con un
alias: La Piojera– y allí mismo puede quedarse a fumar los primeros saques,
porque eso está calculado en la estructura precaria pero efectiva del paco. Las
mujeres y los hombres se asoman a las puertas de los ranchos como si se tratara
de una zona roja. Desde una punta a otra del pasillo vocean su mercancía como si
se tratara de un mercado popular. Unos diez pibes, de cuatro, cinco, seis años,
juegan a la guerra con bombitas de agua. Dos perros se agarran por un hueso. La
cumbia anuncia un viernes largo. Se vive cierto clima de fiesta. Todos sonríen.
“Pasen al rancho, muchachos”, invita un tranza de short y ojotas. Un
esqueleto de lo que fue una pieza y un patio con paredones que parecen
bombardeados han sido convertidos en fumadero. En Colombia les dicen “ollas”. La
de Bogotá llegó a ser la más grande del mundo: una manzana de gente fumando y
muriendo en el centro de la ciudad. Este es mínimo. Pero como éste hay
demasiados: solo en La Piojera unos cinco. Pablo se sienta, empuña la pipa,
fuma. Es lindo. Es un morocho de flequillo. Aspira. Enmudece. A su lado, Marcos,
el pibe, procede igual. Y un tercero, de unos 18 años, que no estudia ni
trabaja, dice que si su vieja lo ve lo mata. Pero como nunca está no sabe que él
rapiña en la calle para terminar encerrado ahí. Marcos no habla; mira con la
cabeza a un lado y otro como un pequeño búho de ojos enormes. Ya es muy flaco.
Los brazos son dos sogas que salen de la remera gigante: en ellos se ve la sarna
que lo ha tomado y los rastros de sangre, porque se rasca y no puede parar. “El
deterioro es tal que pierden el lenguaje”, dice Daroqui. –¿Cuál es el placer?
–insisto. –No hay placer, te sentís mal apenas fumás, querés más y si no
tenés te angustiás. Te duele todo. Te rompe todo. Te duelen los huesos, las
piernas, las rodillas, los codos. Hay personas que escupen pedazos de pulmón. Es
muy destructivo. No te das cuenta de cómo estás. Te quema. Te agarra algo como
una taquicardia. Es parecido a la merca. Te la podría comparar con picarse.
Prender el fuego, el encendedor... Yo no puedo ni hablar. No quiero ni ir a
comprar una cerveza. –No puedo creer que no haya un placer. –El placer es
ir a comprar. Tenerla en el bolsillo. El día anterior Pablo cayó preso por
eso. Así explica su detención. Cuando vio venir al policía sacó las 20 dosis del
pantalón y las guardó, como caramelos, en la mano cerrada. “No pude abrir el
puño, podría haberla dejado caer, no se hubiera notado, pero no pude deshacerme
de ella.”
Cordero atado
Romina Albarenga tampoco
pudo deshacerse del ansia. Pero se deshizo de ella misma. Y en esa misión tuvo
compañeros de ruta: primero su novio Gustavo. Luego, cuando él cayó preso, su
novio José. Sobre el final, y matizada con las peleas entre ambos, los dos al
mismo tiempo. Así lo cuenta el Oso, un ex obrero calificado que anda con su
carro por Constitución. “Fue un calvario el de la piba. A veces me siento un
poco culpable. Pero tampoco se la podía sacar de ahí. Fue un desastre medio
organizado. Ella me contaba: ‘Yo no quería robar, pero me decían cagona de
mierda’ y lo tuve que hacer tarde o temprano. Con la droga igual.” Romina
conoció Constitución cuando su mamá, en el extremo de la pobreza, tuvo que salir
con ella y con Tito a juntar latitas. Luego regresó con el hermano y juntos
aprendieron a pedir, a robar y a querer la calle, a refugiarse en las ranchadas
de pibes. Cuando su mamá la fue a buscar, cuenta Roxana, salieron chicos de
todas partes a ayudarla. No se quería ir. Se la llevaban de los pelos, pero
volvía a escapar. Tito asegura que Romina y su primer novio solían
perseguirlo a él y al Colo cuando ellos eran adictos, hace unos cinco años.
Roxana, la hermana que a los doce tuvo que hacerse cargo de todos y trabajar, no
le cree. Si bien descubrió muy tarde una pipa escondida en un colchón piensa que
la autodestrucción de Romina llevaba más de seis años. En ese lapso, Romina fue
madre cinco veces. Su primer hijo murió poco después de nacer. Los otros cuatro
viven con la familia. Roxana terminó el secundario, habla como cualquier joven
universitaria y trabaja como empleada doméstica en Palermo. Nunca se drogó. Luce
una fuerza descomunal. Perdió a su esposo y su hija en un choque; ella misma,
ahora a cargo de los cuatro chicos de su hermana, es una sobreviviente de la
tragedia familiar. El Oso, sombrío señor de la calle, temeroso de cualquier
identificación, dice que él le dio de comer a Romina Albarenga durante los
últimos días, cuando la toz ronca de sus pulmones la doblaba en dos. Hacía ocho
meses que ella dormía en la calle Tacuarí, bajo la autopista. Había caído
internada en terapia intensiva del hospital Muñiz el 15 de abril. Esa vez el
examen de VIH le dio positivo. Cuando lo supo se arrancó el suero y escapó del
Pabellón 3 en camisón. El Oso la recuerda como a una hija de las que él mismo
dejó de ver cuando el alcohol y el desempleo lo dejaron en la calle: “En sus
momentos de lucidez quería salir de todo. Sabía que se iba a morir”. “Hoy me
siento mal, me estoy por morir”, le decía. Ese pronóstico se lo reiteró a su
familia cuando una noche de abril apareció a las cuatro de la madrugada en
Dominico, medio borracha, escuálida, con la misma ropa que llevaba el día en que
Roxana la vio correr como una fugitiva: una chomba negra con cuello y un
pantalón que le bailaba aferrado con un cinturón a los huesos de la cadera.
“Siempre pensé que si le dábamos posibilidades, si no le cerrábamos todas las
puertas sería mejor, pero esa noche los chicos dormían, ella con los ojos
hundidos, tan pero tan flaca, que no quise que los viera”, dice Roxana y se
debate entre esa decisión y la culpa. “Ella ya varias veces había dicho que se
iba a morir. Fue igual que la fábula del lobo: que viene el lobo, una, dos, tres
veces, y no creés. Pero al final el lobo viene.” Y es mortal.
“No te importás vos ni nadie”
Es un comedor en el que en la
penumbra se adivinan mejores épocas, una familia reunida a la hora de la pasta,
un mantel raído, la cortina de plástico, ciertos vestigios de comienzos de los
noventa. Luego hay un patio en el que todavía hay una mesa y sus sillas de
cemento. Al fondo los árboles, bajos, chatos, en el fondo, donde se refugian los
que fuman. Es cerca del centro de Quilmes, un barrio de clase media. Son siete,
seis varones y una mujer y miran con la desconfianza lógica, con la repelencia
lógica, con el asco del que se sabe observado por su extrema vulnerabilidad:
¿para qué puede servir contar sus historias? ¿A quién le puede
importar? “¿Desde cuándo fuman?” “Desde que el sistema nos abandonó.” Es todo
lo que dirá en la tarde. Parece o se hace el jefe, con la mirada, y con el
cuerpo, todavía fuerte y tatuado como un mapa de la cárcel, como un muro lleno
de jeroglíficos azules. Amotinados, a punto de echar al periodista, sólo ceden
ante las argumentaciones políticas: ¿qué se siente al prestar el cuerpo a la
ganancia de un pequeño narco, de un gran narco, mientras se puede ver, sin
pausa, cómo el sujeto pasa a ser sólo cuerpo y, finalmente, cómo el cuerpo se
extingue? “No te cabe nada, no te importás vos, y no te importa nadie, ya no
hay nada más que las ganas de consumir esta porquería”, dice un pibe que fue
repositor de un supermercado hasta que dejó de ir porque ya no se levantó más
por la mañana. Luego vendió la tele, el grabador, todo. Después, robar “para
consumir”. Ella, la única chica, ya está en los 28 años. Como Romina Albarenga,
tuvo cinco hijos. “Durante el último embarazo fumé los nueve meses –cuenta–. Me
hice resinvergüenza, todo tiene su precio.” Lo peor para Gabi es que “todo el
tiempo estás consciente”. La tarde se apaga y ellos continuarán con ese rito
fatal en el que se encierran. Gabi dice que lo peor es que perdés el cariño de
los demás. Después del paco ya nadie te quiere. “Sólo te digo una cosa: tengo un
guacho de 13 años; si alguien le ofrece paco, no lo dudo: le pego un tiro en la
cabeza.” Y se quita una lágrima rebelde. “Me da no sé qué, porque me quejo, pero
ahora dame una seca”, dice, y se ríe.
“No hay voluntad política”
El cura de la Villa Itatí no
quiere dar su nombre cuando habla de paco. “No hay voluntad política, por eso
sólo trabajamos preventivamente y con comunidades terapéuticas. Quilmes está
liberado, vienen de todos lados a comprar.” La última vez, durante una visita de
campaña del ministro de Desarrollo Humano, Juan Pablo Cafiero, los vecinos de la
Itatí se desbocaron: denunciaron que la villa más grande del país está
infectada. El ministro les aseguró que no estaba en él controlar a los narcos:
más bien seguir previniendo. Y cuando las opiniones salieron en Infosur, un
medio local, de pronto se encontraron con que fueron citados por la Justicia
federal: ¿A quién se le puede ocurrir, dice el cura, que un vecino tiene el
poder de combatir a un tranza? Desde la vereda de la política pública,
Claudio Mate, el funcionario a cargo del área de adicciones del gobierno de
Felipe Solá, asegura que una posible solución es la desfederalización del delito
de tráfico de drogas: la nueva ley que permite que la Justicia bonaerense
investigue y juzgue a los narcos. Mate también morigera el desastre con una
visión optimista: “En Estados Unidos, el tema de la droga era un discurso
liberal. Es tan evidente y tan dramático el cuadro estético que produjo el
crack, que la comunidad reaccionó y se puso un límite. Lamentablmente, los
barrios se acostumbraron a convivir con la marihuana, pero con la pasta base la
tolerancia de la comunidad es cero. En Estados Unidos se generó una movilización
social contra el crack, acá se dio en Ciudad Oculta”. Un simple recorrido por
una villa como Los Eucaliptos basta para verificar qué lejos están los más
pobres de reaccionar ante el flagelo. Los narcos allí son familias que viven de
vender paco, del plan de desempleo, de pequeñas changas, de rebusques de todo
tipo. La venta y el consumo parecen pan de cada día. La socióloga Alcira Daroqui
lo registra hace tiempo: “En la Itatí hay un pasillo al que le dicen El Shopping
por la cantidad de puestos. Estamos ante ilegalidades funcionales al sistema,
imposibles de combatir sin voluntad política”.
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