Página 12, Buenos Aires, 04/11/05
Contra la explotación
Inauguración en la Triple Frontera.
Por Lucas Livchits
La bienvenida a Puerto Iguazú, en Misiones, la dan la vegetación
selvática y un gran cartel que escribe con rocas el nombre del lugar. Todavía
más cerca de la ciudad, y si la llegada es durante la noche, el recibimiento
está a cargo de algo menos atractivo para la mayoría de los turistas, pero tan
real y contundente como la caída de agua de la Garganta del Diablo. Se trata de
chicos de entre 6 y 18 años parados al costado de la Ruta Nacional 12 que, con
sus ropas de color rojizo, como todo lo que en esa zona no se lava por un par de
días, esperan temerosos el arribo de algún auto que les solicite sus servicios
sexuales. Son niños, niñas y adolescentes víctimas de la explotación sexual
comercial infantil. Para ayudarlos a salir de esa situación, un programa de la
Organización Internacional del Trabajo (OIT) implementado por el Ministerio de
Trabajo de la Nación acaba de inaugurar un centro de atención en esa
ciudad. En las tres ciudades que componen la zona de la Triple Frontera –Foz
de Iguazú en Brasil, Ciudad del Este en Paraguay y Puerto Iguazú del lado
argentino– la OIT estima que hay unos 3500 chicos menores de 18 años en
situación de explotación sexual. Para erradicar esas prácticas aplica desde 2003
el programa Luz de Infancia, que culminó con la apertura de un Centro de
Asistencia Integral en donde poder darles atención psicológica, médica y
pedagógica. En sus inicios, el programa estaba basado en campañas de
concientización y recorridas por los barrios. “Pero notamos que sacábamos a los
chicos de la calle y al no tener dónde quedarse, volvían”, cuenta Marcelina
Antúnez, coordinadora del programa en la ciudad. Sólo unos pocos chicos
encontraban familias sustitutas en las que integrarse y hasta ella misma adoptó
a cuatro chicas. La explotación sexual de niños en esa zona se divide en dos
modalidades: los que son obligados por sus padres a prostituirse y los que son
utilizados como mercancías por mafias. “Es muy fácil cometer un delito aquí”,
señala Marcelina y justifica sus dichos en la permeabilidad de la Triple
Frontera. “Cruzan el río en canoa y se llevan chicos. Es un far west”, ilustra.
Ella dejó de usar celular, cansada de recibir amenazas de muerte por trabajar
contra el flagelo: “Mirá bien lo que estás haciendo”, le advertían. Además de
los chicos que esperan a la vera del camino, el equipo de Luz de Infancia
constató que otros se ofrecen y son ofrecidos en bares, pubs, discotecas y
hostellings. Uno de los casos conocido por todos en esa ciudad de menos de 40
mil habitantes es el de un local bailable del centro de Puerto Iguazú, en donde
hay menores adentro, mientras la policía custodia el local desde afuera. “No
podés creer que algo así pueda ocurrir. No puedo entender cómo un padre o una
madre puede obligar a sus hijos a prostituirse”, se queja Marcelina. La única
explicación que encuentra es que “se trata de plata fácil, porque a los turistas
no les cuesta nada dar unas monedas”. El turismo constituye la principal
clientela y las organizaciones que explotan chicos se sirven de la
infraestructura turística para concretar su negocio. “Antes, era muy difícil
que la gente reconociera que eso estaba pasando. Pero de a poco fuimos generando
conciencia y nos llegaron muchas denuncias”, indica. En el último año recibieron
100 y pudieron constatar 80. Ahora esperan seguir trabajando caso por caso en el
nuevo Centro de Asistencia, que va a servir de hogar para recibir a algunos de
los chicos. De ellos Marcelina tiene fotos, las mira y relata que “da rebeldía
de sólo verles las caras”. Rebeldía que transforma en esfuerzo, convencida de
que “se puede hacer algo por ellos”.
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