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La difícil elección cotidiana de dar o no dar limosna

En una encuesta telefónica, el 73,5% de los consultados dijo que da a los que piden. Muchos creen que desde 2001, la mendicidad es más aceptada por la gente.


Por Yanina Kinigsberg.

La disyuntiva se presenta casi todos los días. A veces, incluso, varias veces al día. Un chico en harapos, descalzo. Un hombre en silla de ruedas. Un anciano que parece enfermo. Se acercan y piden una moneda. Mendigan, ruegan por limosna.

¿Qué hacer? Algunos les dan dinero. Otros van hasta un quiosco y les compran algo. También están los que dicen que no, los que se enojan y los que levantan el vidrio polarizado del auto cuando los ven venir.

Cada uno reacciona como puede, como siente, como le sale según la ocasión. Lo que no cambia es que, para la mayoría de la gente, se trata de una situación cotidiana difícil de enfrentar. Ante esta realidad, Clarín consultó a expertos que plantearon sus diferentes opiniones, relevó la situación en la calle y accedió a una encuesta sobre esta problemática social.

El 73,5% de la gente, cuando le piden, da. Esta fue, al menos, la respuesta que dieron los entrevistados ante la pregunta: "Cuando le piden ¿usted da?", dentro de una encuesta telefónica realizada por la Universidad Abierta Interamericana, sobre 300 casos. De ese total, la mayoría (39,7%) aseguró que da dinero y un 26,5%, que opta por alimentos.

Además, las mujeres se mostraron más proclives a dar que los hombres (76,7% vs. 67,7%). Y la clase media como la más dispuesta, seguida por la clase baja y, por último se ubican los de mayores ingresos. Al preguntarles por qué dan, la mayoría explicó: "Porque es lo correcto" o "Por lástima". De estas respuestas, puede inferirse que muchos de los encuestados contestaron según un "deber ser".

Están los que abren puertas de taxis, los malabaristas, los que tocan el acordeón, los que venden caramelos y los que simplemente estiran la mano para pedir. Cambian las modalidades pero el objetivo es el mismo: subsistir.

"Los niños y adultos que piden son de todos. Los chicos mendigos nos humillan. Ejercen el derecho de alimento y techo que les niega el Estado. Si un chico muere de hambre, aparece en primera plana pero si intenta no morirse, mendigando, es crucificado", opina Alberto Morlachetti, especialista en chicos de la calle, y a cargo de la ONG Pelota de trapo que tiene hogares y microemprendimientos productivos. Para él, es aconsejable ayudar.

La realidad que cuenta Fernando Mezzacasa, coordinador de un comedor de la Red SIPAM (Servicio Interparroquial de Ayuda Mutua), experto en adultos sin techo, es dura. "Los homeless montan una escena. Arman un estereotipo para recibir ayuda. Necesitan plata para el hotel o comprarse sus cosas. La comida la resuelven con lo que se reparte en la calle y en comedores".

Con respecto a qué hacer ante el pedido de limosna, Mezzacasa es claro: "Mi consejo es que no le den a nadie. Creo que dar, sin conocer al que lo recibe, es ser un francotirador. Es mejor juntar esa plata y donarla a una institución, donde uno pueda participar y exigir que mejoren. El sistema es muy perverso. Les dan cosas gratuitas a los mendigos y no les exigen nada a cambio. Hay que hacerlos salir de la calle, con toda la ayuda que necesiten para eso".

Las anécdotas de José Manuel Grima, coordinador del Programa de erradicación del trabajo infantil, del Consejo porteño de Protección de los derechos del niño, también se refieren a un desarrollo de estrategias por parte de los chicos en la calle. "Los pibes valoran más la aceptación que la plata. No es lo mismo darles dinero para comprarse comida que comprarla y sentarse a comerla con ellos. Lo que buscan, en el fondo, es la aceptación, como nos pasa a todos. El rechazo diario es muy doloroso. Cuando miramos para otro lado, los matamos, aunque les demos monedas. Si cada uno asumiera la realidad de un solo chico de la calle, no tendrían que mendigar más".

El análisis de Julieta Pojomovsky, directora del hogar de día CAINA, del Gobierno porteño, es que "quienes mendigan han pasado a ocupar ese duro sector de excluidos que la sociedad, en general, comprende pero le incomoda. En el caso de los chicos está claro que son producto de familias empujadas a sobrevivir como puedan y la mendicidad es uno de los pocos recursos que tienen. Algunos dan siempre, justificándose con 'mientras piden, no roban'. Me cuestiono con qué poco nos conformamos como sociedad. Hasta que estos chicos no vuelvan a la escuela y a comer con su familia, la deuda con ellos se agranda cada vez más". Para Pojomovsky, "cada uno tiene que decidir qué hacer. Yo trato de charlar primero. Lo que no es bueno es dar para sacárselo de encima". En este punto, coinciden los expertos.

La reacción de la gente cambia cuando su propia realidad se modifica. Por eso es notoria la "nueva" actitud desde la crisis de 2001. "Desde hace dos años está socialmente más aceptado el pedido de limosna. El crecimiento repentino de la pobreza hizo cambiar el imaginario popular", analiza Patricia Malanca, coordinadora del programa para los sin techo, Buenos Aires Presente (BAP), del Gobierno porteño.

La diferencia, según Malanca, es evidente en los llamados que reciben en el 0800 del BAP. "Antes era un vecino enojado por la gente durmiendo en la calle. Ahora preguntan qué se puede hacer, aunque el impacto es fuerte. Creo que es mejor darle el dinero al adulto y no al chico para no fomentar que sea mediador. Pienso que si vas a dar una limosna al paso, mejor no la des. Para hacer una obra de bien hay que tomarse 5 minutos. Si no, sólo se resuelve la culpa propia".

Evitar la indiferencia es la base de la opinión de Juan Carr, de Red Solidaria. "El primer paso es descubrir a los necesitados, sacarlos de su invisibilidad. El segundo es no ser indiferentes. De ahí en adelante, cada uno se para donde quiere. Se pueden dar monedas, conversar, invitarlos a comer. Respetamos todo aunque para mí es mejor dar algo que no sea dinero. Todos sabemos que falta trabajo y educación. Pero entre lo ideal y la realidad, están las personas sin educación ni trabajo que piden monedas".

Dar o no dar. ¿Esa es la cuestión? Los especialistas coinciden en que dar, para sacarse al mendigo de encima, no sirve. Hablan de dar una moneda acompañada de un gesto, de unos minutos de charla. Insisten en el compromiso aunque cada uno con opiniones disímiles sobre qué reacción es la "mejor" en lo cotidiano. Esa elección es personal según la postura ideológica, los sentimientos, las posibilidades y, sobre todo, el sentido común.

 

Datos para colaborar

Estos son lugares que trabajan con la mendicidad: BAP 0800-777-6242 (adultos sin techo); CAINA: Paseo Colón 1366 (hogar de día para chicos, lunes a viernes de 9 a 16); 102 (chicos en riesgo) y 107 (ambulancia).


El "otro"

Oscar Spinelli.

En dar o no limosna opera, en forma imperceptible, la idea que "uno" tiene del "otro". Hay personas a las que el sufrimiento del "otro" les revuelve hasta las entrañas y otras para quienes el "otro" es sólo un objeto más. Aunque todo esto está plagado de cruces y distorsiones: hay gente considerada "solidaria" que no da limosna porque cree que eso no soluciona nada y quienes la dan sólo para expiar culpas. También están aquellos que se molestan por la pobreza y huyen despavoridos ante la mano que se extiende para pedir. Y está la sociedad. Tan injusta que obliga a debatir algo que no debería existir.

"En sus ojos veo a mi hijo"

Hugo tiene 45 años y maneja un radio taxi desde hace cinco. Tiene cuatro hijos y cada vez que pasa por Marcelo T. de Alvear y Callao, se conmueve ante los ojos de un nene que pide monedas.

"Lo miro a los ojos y veo a mi hijo menor. Me sale de adentro darle y charlar. Yo soy de abajo y me acuerdo de cuando necesitaba. Lo que no me gusta es ayudar a esos que se hacen los rengos", cuenta este taxista hincha de Boca.

Andrea es cadeta, tiene 31 años y trabaja por el centro. De lunes a viernes pasa por la calle Florida a saludar a Marco Antonio, un joven de 28 años que está en silla de ruedas a causa de una parálisis infantil.

"Creo que tengo que ayudar porque gracias a Dios tengo trabajo y puedo hacerlo", explica Andrea.

Como ella, Juana, de 80 años, también conoce a Marco Antonio. "Le doy porque lo conozco —explica esta señora canosa de lentes oscuros—. Lo veo desde hace años y quiero ayudarlo. Pero no les doy a los que no les creo".

La caridad en las religiones

Todas las religiones incluyen entre sus preceptos la caridad. En la Iglesia Católica, Cáritas se encarga de la ayuda social.

La coordinadora de Cáritas Buenos Aires, Nenina Martin, opinó: "La Iglesia nos convoca a atender al necesitado. Y el incremento de la pobreza nos obliga a organizarnos mejor. Creo que las respuestas organizadas son mejores, pero el criterio es personal. No hay que dejar de mirar alrededor".

Desde la religión judía, el rabino de la comunidad Bet-El, Daniel Goldman, analiza: "El dar no tiene límites, debe ser parte de la cultura. La tradición judía habla de dar inclusive cuando la necesidad pasa. Muchas veces nos preocupamos por la política de los chicos de la calle y nos olvidamos del chico de carne y hueso, que está parado en la esquina pidiendo. Considero que ahora, además de dar monedas, hay que dar el salto cualitativo de la cultura del trabajo. Hay que dar puestos de trabajo".